lunes, 2 de mayo de 2011

La libertad no se implora, se conquista –y sin machete por favor-



Mientras Osama murió –otra vez-, Guillermo se casó, Juan Pablo anda beato ¡y las lluvias primaverales ya están instaladas como en casa! yo propongo mejor que veamos por milésima ocasión qué pasa con nuestra tan arraigada cultura cívica chilanga.  Propongamos un caso hipotético, supongamos que en la sucursal de un banco, de ese que se autodenomina como el Banco Mundial, tuvieran –digamos-, unas 7 cajas para atender a sus clientes, más los 4 ó 5 escritorios para los llamados Ejecutivos, que lo último que hacen es eso, ejecutar. Ahora bien, supongamos que de esas 7 cajas, solamente funciona, mh… digamos que una sola caja ¿va? –no olvidemos que esto es un caso meramente hipotético-.

Ahora, imaginemos que en esa sucursal hay una fila que se forma de aproximadamente 30 personas y de esas 30 personas, 6 son adultos mayores, que el único cajero atendiendo gente, lleva aproximadamente 15 minutos con el mismo cliente -que de cliente no tiene nada, podríamos mejor llamarlo “ciudadano sometido por el sistema”-, y entonces, los otros 29 ciudadanos sometidos por el sistema empiezan a desesperarse, hablan entre ellos, intercambian quejas para hacer un poco de catarsis, su lenguaje corporal grita con desesperación su frustración: se cruzan de brazos, mueven la piernita -como  señal de impaciencia-, mientras también mueven la cabeza de un lado a otro -como señal de reprobación-, miran fija y hostilmente al cajero –como si él tuviera la culpa-, algunos otros voltean hacia todos lados, como buscando al responsable de sus miserables e injustas vidas.  Y de entre esa fila, sale una viejecita de cabeza blanca, determinada a llegar a uno de esos escritorios donde no se ejecuta nada, y amablemente se dirige al hombrecito flacucho de traje para preguntarle dónde están los otros empleados que atienden las cajas, el flacuchito trajeado le contesta –como un robot amable-, que en seguida lo resuelve, ante tal respuesta la viejecita parece no haberle escuchado y continúa con su amable queja, el flacuchín mira al infinito mientras sigue asientiendo y repitiendo –como robot amable-, que en seguida lo resuelve.

En estos momentos, ni los que tengan cuenta VIP podrían ser atendidos ipso facto, pues su caja de alfombra roja, también está cerrada. Atrás de los cristales se mira entrar con paso apresurado y con cara de “¡ni se atrevan a reclamarme nada porque los escupo!”, a una damisela de traje sastre que ignora a la considerable fila y a sus integrantes, y se pone frenética, a golpear su escritorio con algo que a esta distancia –recordemos que hipotéticamente estamos en la fila-, podríamos adivinar como un sello, así parece que está muy ocupada. Después de unos diez sellazos en su maderita laboral, viendo hacia abajo dice –como un robot, no tan amable-: “pase”. Y como en entrega de diplomas, a quien le toca pasar está en el limbo y el que está atrás de él le tiene que tocar el hombro para despertarlo y señalarle que le habla la selladora tenaz.

Sigamos asumiendo que en este caso, ya casi nos toca ser atendidos, la viejecita de atrás sigue conversando con el aire –y con el flacucho-, ahora todos sabemos que tiene cita con el médico y necesita sacar dinero para pagar la consulta y la medicina ¡ah! Porque hay que añadir algo a este caso para hacerlo aún más increíblemente hipotético, la cereza del pastel: que el cajero automático no funcione y entonces tengas que entrar a formarte para sacar dinero.  Mientras seguimos esperando, vemos un cartel de este banco mundial que nos invita a …¡a no hacer filas! –en este momento está permitido soltar una carcajada-.  Todos los que estamos en la fila, en un momento u otro, tendremos que ver ese cartel de frente –y carcajearnos o llorar-.  Es un contagio emocional, vivimos la misma sensación que cuando estábamos hasta hace poco todavía, prácticamente estacionados en periférico, justo donde colinda el Distrito Federal con el Estado de México y veíamos ese anuncio luminoso –horrible, por cierto-, que nos decía “Ciudad de México, capital en movimiento”. Aclaremos, cuando digo hasta hace poco, me refiero a que el letrero ya no existe, el tránsito estacionamientoso en periférico aún es parte de nosotros.

Bueno, pero regresando a nuestro caso hipotético, si esa mujer de cabeza blanca supiera que puede ser atendida sin necesidad de enterarnos de su vida, las cosas serían distintas, ¿qué les parecería si dejáramos pasar a los adultos mayores? Que no tuvieran que formarse para ser atendidos en los bancos, y no como en un acto de bondad o pureza del alma ¡sino como cuando le jalas a la manija después de ir al baño!  Así debería ser, por puro sentido común y por simple y llana consideración, de hecho, así es en teoría, nada más que nadie lo sabe o hace por olvidarlo, pero si un viejecito entra a un banco y solicita ser atendido, es deber moral del banco, atenderlo.  El problema de fondo, ya lo sabemos, es el sistema y los “dejados”: el banco recortó personal y que el cliente se someta –lease chingue-. Pero no es el único problema, otro problema –también de fondo- es que no somos capaces de ver más allá de nosotros mismos como buenos chilanguitos que somos. Así es que ¡chilango, revoluciónate! si el personal bancario se hace tonto, pasa la voz, dile a tu viejecito más cercano que solicite ser atendido cuando tenga que ir al banco, dile que mencione que está recién operado –está en el reglamento interno de cualquier banco, pero no lo dicen-, y lo atenderán sin chistar.

Retomando por última vez este caso hipotético, ya cuando nos toque el turno de ser atendidos, le podemos decir al adulto mayor más cercano a nosotros que pase, todos los demás integrantes de la larga fila nos mirarán con ojos de sorpresa, no sabrán qué sentir, no sabrán cómo reaccionar, estarán confundidos, estarán azorados ¡y bien enmudecidos! Es cien porciento seguro que el viejecito aceptará tal oferta, ningún adulto mayor se negará a ser atendido, y cuando volvamos a escuchar el tan anhelado “pase”, entonces pasemos nosotros, los demás nuevamente pelarán los ojos, pero no se atreverán a decir nada –eso sí, preparen el discurso por si surge algún gallito-, y cuando concluyamos nuestro trámite, respiremos y dirijámonos a los viejecitos que aún están formados, para informarles que no tendrían por qué estar formados, pasémosles el tip del recién operado y salgamos del banco sintiendo todas las miradas sobre nosotros, pero una vez más, nadie dirá nada.

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado.

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